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El desafío de vivir del mar sin agotarlo: ciencia y producción frente a un nuevo escenario

El primer panel de las Jornadas de Economía Azul reunió el jueves a científicos, especialistas, representantes de Prefectura y Cancillería. El eje fue aprovechar el potencial del océano sin repetir modelos de explotación que comprometan su futuro.

“Un ecosistema sano también es un ecosistema productivo”, planteó Alex Muñoz, de National Geographic Pristine Seas, durante el primer panel de las Jornadas de Economía Azul. La frase sintetizó buena parte del debate: el desafío ya no es solamente utilizar los recursos del mar, sino lograr que esa actividad sea sostenible y, en algunos casos, regenerativa.

Moderado por la ingeniera Soraya Corvalán, docente e investigadora y directora del Departamento de Ingeniería Pesquera de la UTN, el panel reunió a Muñoz, al investigador del CONICET Flavio Quintana, a las subprefectos Dra. Jessica Chiarandini y Magalí Bobinac y a la embajadora Fernanda Milicay.

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Muñoz llevó la discusión hacia uno de los puntos centrales de la economía azul: la relación entre conservación y producción. Recordó una experiencia en Cabo de Hornos, donde observó una enorme concentración de centollones y comprendió cómo la salud de un ecosistema puede traducirse también en productividad.

Pero advirtió que no toda actividad vinculada al mar genera beneficios si no existe regulación. Mencionó como ejemplo el turismo en Maldivas, donde una gran cantidad de personas rodeaba a un tiburón ballena, y contrapuso esa situación con el avistaje de ballenas en Chubut, al que consideró un ejemplo valioso de turismo bien desarrollado.

La preocupación también alcanza a la pesca. Según explicó, el 90% de las pesquerías del mundo se encuentra totalmente explotado, sobreexplotado o agotado. En Chubut, señaló la interacción entre la pesquería del langostino y la merluza, con capturas incidentales y descartes que generan un impacto sobre el recurso.

En ese contexto, planteó avanzar hacia una economía azul regenerativa, que no se limite a evitar nuevos daños sino que busque restaurar los ecosistemas afectados e incorporar una mirada inclusiva.

Tecnología para entender qué ocurre debajo del agua

La ciencia ocupó otro de los lugares centrales del panel. Flavio Quintana, investigador científico con más de 35 años de trayectoria, explicó cómo el desarrollo de tecnologías miniaturizadas permitió ampliar el conocimiento sobre los grandes predadores marinos.

Pingüinos, petreles gigantes y elefantes marinos son seguidos mediante dispositivos capaces de registrar múltiples variables. Posición, profundidad, velocidad, temperatura, salinidad, oxígeno y aceleración, entre otros parámetros, permiten reconstruir los movimientos de los animales y conocer qué ocurre debajo de la superficie.

En el caso de los pingüinos, por ejemplo, los acelerómetros permiten analizar sus movimientos para determinar si regresan de una inmersión con alimento. En los elefantes marinos se pueden estudiar incluso variables vinculadas con el sueño y la actividad cardíaca.

Para Quintana, esa información permite comprender mejor el comportamiento de los predadores y evaluar la presión que enfrentan. Pero también dejó una reflexión que excede a la investigación científica: el mar debe ser incorporado a la economía azul no solo por su valor económico, sino también por sus dimensiones estética, ética y filosófica.

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Microplásticos

Las subprefectos abordaron uno de los problemas ambientales más extendidos: los microplásticos, partículas de menos de cinco milímetros que pueden originarse por la fragmentación de residuos mayores o ser producidas directamente para determinados usos.

Las especialistas analizaron tres sectores: el Golfo San Matías, Bahía Engaño —en el estuario del río Chubut— y la Reserva de Biósfera Patagonia Azul.

Uno de los datos destacados surgió del Golfo San Matías, donde el 99% de las partículas encontradas correspondió a fibras. En el estuario del río Chubut, en tanto, el estudio permitió observar cómo los residuos ingresan desde el río y se distribuyen de acuerdo con las mareas y la dinámica del agua.

Para identificar la composición de los materiales se utiliza tecnología como el equipo FTIR, que permite determinar la estructura química de los plásticos.

La investigación científica aparece así como una herramienta para comprender el problema y también para mejorar la gestión de los espacios marinos.

El costo de descarbonizar el transporte marítimo

La mirada internacional estuvo a cargo de la embajadora Fernanda Milicay, quien analizó los desafíos económicos y financieros que plantea el cambio climático para el transporte marítimo.

La diplomática explicó que la Convención del Mar establece obligaciones para proteger el medio marino frente a la contaminación, mientras que en la Organización Marítima Internacional se discuten diferentes alternativas para reducir las emisiones.

Entre las medidas aparecen estrategias operativas, como reducir la potencia y velocidad de los buques, y otras de largo plazo que incluyen modificaciones técnicas y económicas.

Para Argentina, el desafío tiene una particularidad: los países del hemisferio sur dependen fuertemente del transporte marítimo, mientras que buena parte de sus exportaciones corresponde a commodities de bajo valor unitario. En ese esquema, cualquier aumento del costo del flete puede tener un impacto considerable.

Por eso, Milicay señaló que la transición energética también deberá contemplar la infraestructura portuaria y la disponibilidad de combustibles alternativos, un área en la que Argentina busca impulsar el reconocimiento de los biocombustibles.

El panel terminó con preguntas sobre el monitoreo de la actividad pesquera, la relación entre ciencia e industria, las áreas protegidas y los costos de la descarbonización. El mensaje que atravesó las distintas exposiciones fue coincidente: la economía azul necesita información científica, regulación y una mirada de largo plazo para que el desarrollo del mar no termine deteriorando aquello que busca aprovechar.

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