El fútbol argentino vuelve a quedar atrapado en una discusión que, en realidad, debería ser bastante más sencilla. Boca eliminó a Vélez por penales en los octavos de final de la Copa Argentina, pero el resultado quedó bajo cuestionamiento luego de que el club de Liniers presentara una protesta formal ante el Tribunal de Disciplina de la AFA.
El motivo del reclamo es concreto: Vélez sostiene que Boca incluyó seis futbolistas extranjeros en la planilla oficial del encuentro, cuando el reglamento establece un máximo de cinco. Por eso pidió que se declare la alineación indebida y que se les reconozca la clasificación a los cuartos de final.
Y entonces aparece la frase que tantas veces se escucha en el fútbol: “los partidos se ganan en la cancha”.
Claro que sí. Los partidos se ganan en la cancha. Pero para ganarlos en la cancha existen reglas.
El fútbol también se juega dentro de un reglamento
El viejo axioma futbolero tiene una parte indiscutible: el resultado deportivo debe definirse dentro del campo de juego. Allí están los goles, las atajadas, los errores, las decisiones arbitrales y todo aquello que hace que el fútbol sea fútbol.
Pero también existe algo que está antes y después de los 90 minutos: el reglamento.
Un partido no comienza cuando el árbitro hace sonar su silbato. Empieza mucho antes, cuando los clubes inscriben a sus futbolistas, confeccionan sus listas, presentan la documentación y cumplen las condiciones establecidas para participar.
En este caso, Vélez sostiene que la propia planilla oficial y los registros del sistema COMET permiten comprobar la inclusión de seis extranjeros. El club de Liniers dejó expresamente planteado que no se trata, según su postura, de una discusión arbitral ni de una interpretación, sino del cumplimiento de una norma vigente.
Y ahí está el punto central.
¿El “folclore” puede justificar una infracción?
El fútbol argentino tiene una enorme capacidad para convertir las transgresiones en picardía.
El vivo, el ventajero, el que encuentra el hueco, el que “se aviva”, el que hace todo lo posible para sacar ventaja. Muchas veces esas conductas son incorporadas al folclore y hasta celebradas.
Pero una cosa es el folclore y otra muy distinta es el reglamento.
Si existe una norma que establece que determinado equipo puede presentar hasta cinco extranjeros y un club presenta seis, la discusión no debería ser si la infracción es simpática, injusta, accidental o si “no tuvo influencia en el resultado”.
La discusión debería ser mucho más elemental: ¿la regla se cumplió o no se cumplió?
Después vendrá la interpretación jurídica sobre qué sanción corresponde. Pero eso es otra discusión.
“Los partidos se ganan en la cancha”, sí, pero con reglas
La frase que aparece del lado de Boca tiene una lógica futbolera imposible de desconocer. El Xeneize ganó la tanda de penales y consiguió deportivamente la clasificación.
Pero el deporte profesional no se reduce a lo que sucede durante el juego.
Hay reglamentos de inscripción, de elegibilidad, de cantidad de jugadores, de documentación, de indumentaria, de seguridad y de organización. Todas esas normas existen precisamente para garantizar que la competencia sea igual para todos.
Nadie discutiría que un equipo que juega con doce futbolistas tiene una ventaja indebida. Tampoco que un club utilice un jugador suspendido o un futbolista que no está habilitado.
Entonces la pregunta incómoda es otra: ¿en qué momento una infracción reglamentaria deja de ser una infracción porque el partido ya terminó?
El reglamento es la ley de la competencia
Un torneo necesita reglas para existir.
Puede discutirse si una norma es justa, si está bien redactada, si la sanción es demasiado dura o si debería modificarse. Lo que resulta mucho más difícil de sostener es que las reglas solamente deben respetarse cuando convienen.
En una competencia deportiva, el reglamento funciona como una suerte de Constitución de ese torneo. Establece derechos, obligaciones, condiciones de participación y también las consecuencias frente a su incumplimiento.
Si una norma es considerada equivocada, deberá modificarse.
Mientras esté vigente, debe cumplirse.
Y si se incumple, corresponde que las autoridades competentes determinen qué sanción establece el propio reglamento.
El verdadero peligro es naturalizar la trampa
Tal vez lo más preocupante de esta discusión no sea saber si Boca seguirá en la Copa Argentina o si Vélez avanzará a los cuartos de final.
Lo verdaderamente preocupante sería instalar la idea de que incumplir una regla está bien cuando no genera una ventaja evidente, cuando el resultado fue otro o cuando el equipo involucrado es suficientemente grande como para que cuestionarlo resulte incómodo.
Porque allí el problema deja de ser Boca.
Y deja de ser Vélez.
Pasa a ser el fútbol.
La trampa no se convierte en algo aceptable porque forme parte del folclore. Una infracción no deja de serlo porque haya ocurrido antes de que comenzara el partido. Y una norma no pierde valor porque su cumplimiento pueda perjudicar a uno de los clubes más importantes del país.
Que decida el Tribunal, pero que decida con el reglamento
Vélez ya formalizó su reclamo y pidió que se reconozca su clasificación a los cuartos de final. Desde Liniers insisten en que simplemente pretenden que se cumpla la normativa vigente.
Ahora deberá intervenir el Tribunal de Disciplina de la AFA y determinar qué ocurrió y, fundamentalmente, qué consecuencia corresponde.
Eso es lo saludable.
No debería resolverse por el peso histórico de Boca, por la bronca de Vélez, por la opinión de los hinchas ni por el viejo argumento de que “esto siempre pasó”.
Debe resolverse con el reglamento.
Porque si los partidos se ganan en la cancha, como dice el viejo axioma, también es cierto que para jugar en esa cancha primero hay que aceptar las reglas.
Y si las reglas se pueden incumplir sin consecuencias, entonces ya no estamos hablando de fútbol.
Estamos hablando de otra cosa.














