martes, 6 diciembre, 2022
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Mitos y leyendas mundiales

Goleadas arregladas por dictaduras, técnicos que “envenenan” a sus jugadores, peleas entre barrabravas, la tasa de natalidad y la economía que crecen en el país de una selección que sale campeona o realiza una buena campaña: un recorrido por la fascinante e interminable mitología de las Copas del Mundo.
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Si el fútbol es terreno fértil para mitos, los Mundiales son su panteón superior: decenas de situaciones se dan como reales cuando en verdad no ocurrieron. Sin ánimo de refutar relatos dignos de la mejor tradición oral, pero sí de barnizarlos de su contexto histórico, ésta es la primera parte de una antología de las diez principales leyendas de las Copas del Mundo.

El 6 a 0 a Perú en 1978 estuvo comprado

Imposible evitar la sospecha pero también imposible confirmarla. Ya a 44 años de aquel partido que depositó a la selección en la final del Mundial 78, siempre hubo indicios fuertes pero nunca pruebas definitivas. El rumor de que algunos jugadores peruanos se habrían dejado ganar se instaló a los pocos meses, al punto que uno de ellos, Rodulfo Manzo, salió a desmentir el supuesto soborno en 1979. Ya en 1986, el diario inglés The Sunday Times acusó a la selección argentina –sin pruebas fehacientes- por haber ganado el Mundial 78 gracias a los sobornos que la dictadura pagó a Perú: “La Junta Militar habría pagado de dos modos a Perú -publicó el semanario inglés-: habría hecho enviar en forma gratuita 35 mil toneladas de grano al puerto peruano de El Callao y habría hecho desbloquear 50 millones de dólares de crédito por el Banco Central Argentino”.

El arquero que recibió los seis goles, Ramón Quiroga (nacido en Argentina y con pasos por Central e Independiente antes de nacionalizarse peruano), declaró en 1998 sus sospechas contra el árbitro y uno de los jueces de líneas (“estaban retocados”) pero en especial apuntó contra algunos de sus compañeros: “Manzo al año siguiente se fue a jugar (desde el fútbol peruano) a Vélez. Eso fue escandaloso. Yo pienso que hay un Dios, y Dios castiga. De los que agarraron guita, porque estoy seguro que alguno ha agarrado, varios murieron. En ese partido jugó (Roberto) Rojas, un tipo que nunca había jugado. Él se murió en un accidente. Y a mí me explotó una bomba en un estadio y no me he muerto. Marcos Calderón (el técnico) se cayó en un avión y se murió. Y nosotros le dijimos muchas cosas en el entretiempo. De Manzo, de los centrales. No paraban a nadie. En el gol de Tarantini, el negro Manzo se agacha y lo deja solo. Vimos cosas raras y le dijimos a Marcos, en el entretiempo, que lo cambiara. Yo digo que hay un Dios y Dios castiga al que hizo las cosas mal”.

India no fue al Mundial 50 porque la FIFA no dejó jugar descalzos a sus futbolistas.

En un país en el que la enorme mayoría de sus habitantes vivía sin calzado (incluso en su lucha contra el Imperio británico, Mahatma Gandhi recorría India descalzo), fue natural que los futbolistas comenzaran a jugar de esa manera. La base de la selección estaba formada en los parques del Maidan, en Calcuta, donde los jugadores solo cubrían sus pies con tobilleras y vendas hasta poco debajo de las rodillas. ¿Los motivos? Originalmente por falta de dinero pero después ya como costumbre. En medio de una India efervescente –a la independencia en 1947 le siguió el asesinato de Gandhi en enero siguiente-, la selección viajó a los Juegos Olímpicos de Londres 48. En el debut ante Francia, con derrota 2-1, 9 de los 11 indios jugaron descalzos. Diez años antes, en el Mundial de Francia 38, el brasileño Leónidas -acordándose de cuando jugaba descalzo en las playas de Río de Janeiro- se había sacado los botines en medio del partido contra Polonia y había convertido un gol, pero enseguida se volvió a calzar.

India en el 50

Dos años después de Londres 48, India clasificó automáticamente al Mundial de Brasil 1950 tras las deserciones de Birmania (hoy Myanmar), Indonesia y Filipinas. Incluso participó en el sorteo: quedó en el grupo C junto a Italia, Suecia y Paraguay. Sin embargo, los futbolistas descalzos nunca viajaron a Brasil y se perdieron lo que habría sido su primera y única Copa del Mundo. En el imaginario popular quedó que los indios, en una demostración de rebeldía y romanticismo –como Gandhis en pantalones cortos-, se negaron a jugar con botines en contra de las exigencias del fútbol moderno. Es cierto que la FIFA ya prohibía jugar sin calzado pero India no viajó porque, según contó la revista estadounidense Sports Illustrated en 2011, los dirigentes de fútbol del país no le dieron al torneo la trascendencia que ya tenía (y que luego multiplicaría). Brasil, incluso, les había ofrecido pagar el traslado pero tampoco así los indios decidieron participar. El capitán de aquel equipo, el mítico Sailen Manna, reconocería varias décadas después que en ese momento no tenían idea de la importancia de los Mundiales y que, si hubiesen sabido, habrían presionado a los dirigentes. Dos años después, India participó –otra vez con jugadores descalzos- en los Juegos Olímpicos de Helsinki 1952 bajo el hielo, la escarcha y la nieve de Finlandia: perdió 10-1 con Yugoslavia.

Bilardo mandó a “envenenar” a Passarella en México 86.

El capitán de la selección campeona del mundo en 1978 –el único argentino en ganar dos Mundiales, aunque sólo uno de ellos en el campo de juego- la pasó pésimo en México 86: no jugó un minuto entre enfermedades y lesiones, se la pasó en hospitales mexicanos y dejó trascender de manera solapada que esa nube de desgracias habría sido inducida por un enemigo interno. La historia venía de antes: Passarella estaba resentido con Carlos Bilardo porque el técnico le había quitado, en manos de Diego Maradona, la capitanía que el Kaiser había ostentado en Argentina 78 y España 82. Ya en México, el médico de la selección, Raúl Madero, les pidió a los jugadores que evitaran el agua de la canilla para evitar enterocolitis, también llamada “el mal de Moctezuma”. Justamente, Passarella sería víctima de unos parásitos estomacales que le hicieron perder 6 kilos y que, sumados a un desgarro en la pierna, le impedirían jugar el Mundial”. Con el tiempo, los amigos del Gran Capitán regarían la historia de una presunta conspiración -siempre sin pruebas-: que alguien de la selección le inoculó un virus para alejarlo del plantel y darle el liderazgo a Maradona. Declaró Ricardo La Volpe: “Comían como 40 personas. Qué casualidad, uno solo se agarró bichos. Todos sabíamos que Passarella no era del agrado de Bilardo. Entiendo si le hubiera pasado a cinco o seis, pero de uno no lo entiendo”. Agregó Ubaldo Fillol, en 2012: “Bilardo llevó a Daniel a México y le dio una purguita que lo sacó del equipo. Y casi lo mata. Todos lo sabemos, pero nadie se anima a decir”. Ya en 2015, Madero contaría su versión del caso: “Passarella tomaba whisky por las noches y pensó que los cubitos de hielo no le iban a hacer nada. Su problema comenzó por el hielito del whisky. Empezó a declarar que yo le había dado algo a propósito. Le dije ‘Tengo todos los papeles, un cierto prestigio y, si seguís hablando, te voy a hacer un juicio que no te va a alcanzar toda la guita que ganaste en la Fiorentina para pagarme’. No jodió más”.

Passarella afuera del mundial 86.

Barbosa quemó los palos del Maracanazo.

Los Mundiales no sólo tienen superhéroes: también fabrican villanos, su contraparte necesaria. Uno de los grandes antihéroes es el arquero derrotado en el partido decisivo del Mundial 50, Moacir Barbosa, el brasileño que recibió los goles de Juan Schiaffino y de Alcides Ghiggia en la mítica consagración uruguaya. De inmediato, y para siempre, el arquero se convirtió en un paria. Incluso 40 años después, en la década del 90, seguía siendo perseguido: “La pena mayor por un crimen en Brasil es de treinta años de cárcel. Pero yo hace 43 años que pago por un crimen que no cometí”, dijo en 1993. Al año siguiente quiso visitar la concentración brasileña en Estados Unidos 1994 y no lo dejaron entrar por ser un presunto portador de mala fortuna. Cuando murió, en 2000, los diarios titularon “El hombre que murió dos veces”. Pero uno de los grandes mitos que se repiten, y que hasta se convirtieron en una canción del murguista uruguayo Tabaré Cardozo, es que Barbosa –figura del Vasco da Gama- recibió los palos del Maracaná en 1963 y los quemó, como queriendo poner fin a su prisión perpetua: «Quema los palos Barbosa/ del arco de Brasil/ la condena del Maracaná/ se paga hasta morir», cantó Cardozo.

Los arcos del Maracanazo.

En realidad, luego se supo que los verdaderos arcos del Mundial de 1950 están diseminados en distantes partes: en el Laboratorio de Anatomía de Madera de la Universidad de Lavras, a 240 kilómetros de Belo Horizonte; en la Casa de Cultura de Muzambinho, un municipio de Minas Gerais; y en la canchita privada de un productor rural, Nivaldo Sandy, donde uno de los travesaños se quebró cuando le cayó una rama de eucalipto. “¿Qué hay entonces de la historia que el propio Barbosa contó a su biógrafo, el periodista Roberto Muylaert, que había prendido fuego los postes? ¿Y “Quemando los arcos”, el libro más reciente de Bruno de Freitas, periodista brasileño? ¿Y los vecinos de Barbosa en el barrio de Ramos que dijeron a ESPN haber asistido al asado célebre de 1963, en donde quemó los postes? Barbosa contó lo del asado ‘para librarse de la pregunta’ que lo había matado en vida”, escribió el periodista Ezequiel Fernández Moores en 2014.

La base de los palos en Argentina 78 estaba pintada de negro como críptica señal de luto por la dictadura.

Los postes del 78.

Otra leyenda sobre los arcos, en este caso situada en el Mundial 78. En 2017, la web inglesa In bed with Maradona publicó una teoría sorprendente: que, por única vez en las Copas del Mundo, la base de los postes de los arcos estaban pintados de negro (unos 20 centímetros de altura desde su unión con el césped) en señal de silencioso luto por las atrocidades de la dictadura. El encargado de haber pintado los postes, según la nota escrita por el periodista David Forrest, era un tal Ezequiel Valentini, quien durante el Mundial 78 –así se lo contó el inesperado protagonista al periodista inglés, durante una visita del británico a Buenos Aires- era el encargado de cuidar el campo de juego del Monumental. La supuesta revelación tenía motivos para impactar: basta con ver fotos o videos de todas las Copas del Mundo para comprobar que, en efecto, sólo en Argentina 78 las partes inferiores de los palos de los arcos estaban pintadas, de negro en el caso de los estadios de River, Vélez, Mar del Plata, Rosario y Córdoba, y de rojo en Mendoza. ¿Y si la nota del prestigioso blog inglés –levantada por The Guardian– mostraba un formidable y hasta entonces desconocido acto de resistencia de un héroe anónimo, el tal Valentini? Pero tres evidencias dejaron en jaque (mate) al artículo: 1) por una tradición extraña, de difícil explicación pero evidente en fotos históricas, casi todos los arcos del fútbol argentino ya estaban pintados desde las décadas anteriores, incluso en los años 30, ni hablar a finales de los 70. 2) En River nadie supo ni sabe de un tal Valentini como encargado del campo de juego. 3) Forrest contó que conoció a Valentini en el empleo que tenía en 2017, como mozo en la parrilla Don Julio, pero camareros del restaurante dijeron a periodistas que llamaron al lugar que ningún compañero con ese apellido había trabajado allí. “Pintar los palos pudo haber sido un invento argentino, pero no una forma de resistencia”, concluyó el periodista Alejandro Wall en La Izquierda Diario, en 2017. O a Forrest le hicieron un cuento (argentino) o se trató, simplemente, de una ficción. Pero como mito duró poco.

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