No fue una protesta más. Para Puerto Madryn, aquel 10 de septiembre de 1984 fue el día en que un pueblo entero decidió plantarse frente a una flota extranjera.
Habían pasado apenas dos años desde la Guerra de Malvinas. El recuerdo de los soldados todavía estaba presente en las calles, en las familias y, especialmente, en el puerto. Allí mismo, en junio de 1982, habían regresado miles de combatientes argentinos a bordo del Canberra, en una escena que la memoria madrynense recuerda como “El día que Madryn se quedó sin pan”.

En ese contexto, la llegada de barcos de la Armada de Estados Unidos al mismo muelle tuvo un significado que excedía cualquier ejercicio naval.
La flota estadounidense participaba del Operativo UNITAS XXV, maniobras militares realizadas junto con fuerzas de países de la región. El Gobierno nacional había autorizado que los buques utilizaran el puerto para reaprovisionarse. La noticia, sin embargo, cayó de otra manera en Puerto Madryn.
La reacción comenzó a crecer entre trabajadores portuarios, organizaciones, estudiantes y vecinos. La comunidad empezó a organizarse y el rechazo dejó de ser una expresión aislada para convertirse en una movilización masiva.
El Concejo Deliberante llegó a declarar a la flota “presencia no grata”. Pero la decisión institucional no alcanzó para frenar el arribo. Los barcos llegaron y el conflicto pasó entonces de los despachos a las calles.

El 10 de septiembre, miles de personas caminaron hacia el muelle Almirante Storni.
Algunas reconstrucciones históricas hablan de unas 5000 personas, mientras testimonios posteriores elevaron la cifra hasta alrededor de 6000. Para la población que tenía entonces Madryn, se trataba de una movilización extraordinaria: una porción enorme de la ciudad había decidido trasladarse hasta el puerto.
La multitud llegó al muelle con carteles, banderas y consignas vinculadas directamente con la Guerra de Malvinas. El mensaje era claro: para buena parte de los manifestantes, no se podía recibir como visitante a un país que había respaldado al Reino Unido durante la guerra.
Los trabajadores portuarios también tuvieron un papel central. Antes de la movilización habían decidido no participar de las tareas de amarre de los buques, en una señal de rechazo que acompañó la protesta popular.
La tensión aumentó cuando los manifestantes alcanzaron la zona portuaria. Hubo cánticos, pintadas y enfrentamientos verbales. En una de las imágenes que quedaron como símbolo de aquella jornada, una multitud rodea a los buques mientras aparecen pintadas sobre una de las embarcaciones.

También hubo respuesta desde los barcos, con marinos que utilizaron mangueras de agua para intentar contener a los manifestantes.
Pero la presión popular terminó teniendo un efecto concreto.
El buque que había llegado a amarrar finalmente se retiró y la flota no pudo completar en Madryn el reaprovisionamiento que estaba previsto. Una crónica de la época consignó que miles de manifestantes habían impedido el amarre de los buques y que los trabajadores portuarios se habían negado a colaborar con las tareas.
Mucho más que una protesta contra Estados Unidos
Con el paso del tiempo, el Madrynazo comenzó a ser leído como algo más profundo que un episodio de rechazo a una flota extranjera.
La protesta condensó el sentimiento de una ciudad que todavía tenía muy fresca la Guerra de Malvinas y que había construido un vínculo particular con sus combatientes.
Puerto Madryn había vivido el regreso de los soldados de una manera distinta a muchas otras ciudades argentinas. La comunidad había salido a recibirlos, había acercado comida y había transformado aquella llegada en un acontecimiento colectivo. Dos años después, el mismo puerto volvía a convertirse en escenario de una discusión sobre Malvinas, soberanía y memoria.
Por eso, el Madrynazo quedó asociado también a las discusiones de los primeros años de la democracia y a las políticas de “desmalvinización” de la posguerra.
No fue solamente el rechazo a unos barcos. Fue la expresión de una sociedad que sentía que la memoria de lo ocurrido en Malvinas no podía quedar afuera de las decisiones que se tomaban en el mismo lugar donde habían regresado sus soldados.
Durante décadas, aquella jornada fue transmitida a través de fotografías, testimonios y relatos de quienes estuvieron allí. La imagen de los vecinos avanzando hacia el puerto se convirtió en parte de la memoria colectiva de Puerto Madryn.
En 2008, el Municipio formalizó ese reconocimiento mediante la Ordenanza 6965, que estableció el 10 de septiembre como “Día del Madrynazo: por la Identidad y la Memoria Colectiva”.
Hoy, 42 años después, el episodio conserva una particularidad difícil de encontrar en otros capítulos de la historia reciente argentina: una movilización popular logró modificar, en los hechos, el destino de una operación naval internacional en un puerto patagónico. Y quizás allí esté una de las claves de su permanencia.














